Cuando eres padre de una niña, tu visión del mundo cambia por completo. Ahora entiendes que ser un héroe no es tan complicado y que tu vida, al fin, tiene un sentido. 

Hace 10 años, unos inmensos ojos negros, fueron el inicio de una promesa que nunca pensé romper. Hoy, descubrí que algunas promesas no se pueden cumplir.

Algún día ella leerá esto y entenderá por qué nunca quise (absurdamente) que creciera. 


- Confía en mí – le digo con los brazos estirados y con el agua hasta el pecho 

- Pero no tengo mis flotadores – me dice asustada y al filo de una piscina que era tan grande como el océano (así la veía ella)

- Yo estoy acá y, mientras esté contigo, nunca te pasará nada.

Se lanzó con la confianza de su salto y el miedo de sus ojos. Ambos, recordamos ese día.

Hoy me siento nostálgico. Caminar con ella abrazados, como dos enamorados; con su rostro tan cerca al mío, que ya no tengo necesidad de agacharme; con su brazo rodeando mi cintura, ya no buscando protección, sino acompañando mi andar; con la seguridad de sus pasos que repentinamente y muy de golpe me dicen que ella está creciendo.

Me cuenta que el chico que le gusta no comparte el mismo gusto que ella.

- A él le gusta Mariana, papá – y esconde su pena con resignación

Mentalmente, y sin demostrárselo, me pregunto quién carajos será Mariana. Ella lo nota y me refresca la mente.

- ¿Ella?!!! (me amarro la lengua antes de soltar un comentario racista). Bueno hija, no siempre le vas a gustar a la persona que te gusta – termino sin saber qué más decir.

Me escucha, tal vez sin entender. La miro, tal vez sin comprender. Sin embargo, algo me queda claro: el chibolo está cagado de gustos.

El día transcurre como cualquier sábado juntos. Salida con mamá y papá, comprar algunas cosas, pasear, vacilarnos, y luego terminar comiendo algo. Caemos en uno de los lugares que solemos frecuentar. Nos traen la carta y cada uno pide lo que se le antoje. Llega el momento en el que ella tiene que elegir. Yo quiero una ensalada. Instintivamente, su madre y yo nos miramos y ambos leemos en nuestros ojos: ¿esa es nuestra hija? (qué mierda pasó). Le seguimos la corriente, medio en broma, medio en serio. No lo pude creer hasta no ver aquel plato de ensalada devorado con aires de realeza.

Van apareciendo comentarios sueltos tratando de entender el porqué de su elección, hasta que EL FINAL DE MI DÍA llegó envuelto en una apenada voz...

- Es que Mariana es más flaca

El nudo en mi estómago. La estocada en mi pecho. Su pequeño corazón roto. Mis brazos no son tan largos para poder recibirla y decirle que mientras esté ahí, con ella, nada le pasará.

Ya creció.